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A finales del siglo XIX, la lepra era una enfermedad endémica en muchos pueblos de la Marina Alta alicantina. Fue allí donde el jesuita Carlos Ferris Vila y el abogado Joaquín Ballester Lloret decidieron, durante los primeros años del siglo XX, promover la creación de un lugar donde albergar a las personas afectadas por la lepra, procedentes de esta y de otras comarcas valencianas. Con el paso de los años se sumaron cientos de personas procedentes del resto de España. Se eligió el valle de Fontilles por ser un lugar soleado, con abundante agua, bien ventilado y protegido de los vientos del norte. Era, además, un lugar con una sorprendente asimetría óptica. Desde el valle se divisaban los campos de cultivo que se extendían hasta la costa de Dénia y, más allá, hasta la línea del horizonte, donde el mar se unía con el cielo. Por el contrario, resultaba imposible ver el valle desde ninguna de las poblaciones vecinas. A esta barrera natural se sumaron otras barreras arquitectónicas, destinadas a separar a los de dentro de los de fuera, a los hombres de las mujeres y a los «sanos» de los «enfermos». Los planos y mapas conservados nos muestran el perímetro de la gran muralla que rodeó y aisló el sanatorio; el diseño de edificios abiertos para los sanos y cerrados sobre sí mismos para los enfermos; la compleja red de caminos trazada para evitar el contacto entre unos y otros; y la distribución de los espacios de encuentro, como la iglesia, el teatro o los lugares de trabajo y ocio, diseñados para estar todos juntos y mantenerse separados. Lugares de aislamiento como el de Fontilles fueron construidos, durante el último tercio del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, en remotas montañas, en islas o en meandros fluviales de algunos países de Europa y numerosos países de América, África, Asia y Oceanía. Territorios colonizados donde la lepra fue percibida como un riesgo para la salud de las personas y metrópolis que sintieron la amenaza de un mal que circulaba sin control por las rutas abiertas por la expansión colonial. La protección del cuerpo social se llevó a cabo a costa del sacrificio de miles de personas que, según leprólogos, gobiernos y organizaciones religiosas y filantrópicas, debían ser aisladas para liberarlas de un rechazo social y un estigma que, paradójicamente, el aislamiento no hizo sino reforzar.
Arquitecturas del aislamiento. Imágenes y voces de las formas de segregación interna en el Sanatorio de Fontilles.