De Can Masdéu a Fontilles

Puedes interactuar con los objetos y las imágenes que encontrarás aquí, y conocer más información sobre ellos.
Objeto 1
Galería Radio Fontilles
Galería De Can Masdéu a Fontilles

En 1904, el hospital de San Lázaro de Barcelona abandonó la ciudad para ubicarse en la antigua masía de Can Masdeu, en la colina de Horta, a los pies de la sierra de Collserola. Allí fueron aisladas, durante décadas, personas procedentes de Cataluña que se habían contagiado de la lepra y habían heredado la pobreza de sus familias. A finales de la década de 1950, la Dirección General de Sanidad decidió el cierre de los lazaretos provinciales y el traslado de todos sus residentes a los sanatorios de Trillo, en Guadalajara, y Fontilles, en la Marina Alta alicantina. No era la primera vez que sus condiciones de vida en esa antigua masía de la montaña de Horta habían sido puestas en cuestión en nombre de una “razón sanitaria” que aconsejaba su traslado a nuevas instalaciones hospitalarias. Siempre lograron resistir defendiendo que aquel lugar, además de ofrecer las condiciones de aislamiento y cuidado necesarias, les permitía “transitar libremente por los amplios huertos y jardines del Establecimiento y por las parcelas de terreno que a cada enfermo se conceden para su solaz y entretenimiento”. De nada sirvió esta razón vital cuando recibieron la orden irrevocable de recoger sus enseres y subirse al autobús que les llevaría hasta Fontilles. Los acompañó el doctor Jorge Monfort Barba, jefe del equipo móvil de la “Lucha nacional contra las dermatosis infecciosas” de Barcelona. En una entrevista publicada en La Vanguardia Española, afirmaba que la resistencia a marcharse se debía a un “sentimentalismo de lugar” y que, en realidad, “una resistencia seria, no la ha puesto ninguno”; a lo que el periodista Manuel del Arco Álvarez respondió: “poca resistencia tienen los pobres”.

Al autobús que paró, en la mañana de un 7 de enero de 1961, a las puertas de la masía de Can Masdeu se subieron ocho mujeres y doce hombres. Se llamaban Consol, Rosa, Ana, Julia, Cinta, Agustina, Francisca, Cristina, Vicent, Agustí, Manuel, Agustín, Ramon, Domingo, Manuel, Juan, José, Ángel, Alejandro y José. Habían llegado a la masía de Can Masdeu en los años cuarenta y cincuenta, procedentes de l’Aldea, Ulldecona, L’Ampolla, Figueres, L’Ametlla de Mar, Vilanova i la Geltrú y Borriana; o de las localidades y barrios obreros de Barcelona, a los que habían emigrado desde sus pueblos de origen en Almería, Jaén, Murcia o Albacete. Subirse a aquel autobús significaba alejarse de sus amistades, familias, parejas e hijos; pero, sobre todo, significaba abandonar un lugar en el que, a pesar del aislamiento, habían logrado preservar un cierto margen de libertad. Entrada la noche de aquel sábado de enero, el autobús enfiló la sinuosa carretera que conducía al recóndito valle de Fontilles. Llegaban a un lugar diferente y lejano al que, inevitablemente, tendrían que adaptarse. Lo que nadie sospechaba es que aquel lugar también tendría que adaptarse a lo que aquellas personas traían consigo. Por ejemplo, sus radios.

Una de las primeras reivindicaciones de la “colonia catalana de Fontilles” fue el derecho a usar sus radios personales, algo prohibido en el sanatorio desde principios de los años cuarenta. Ayudaron mucho las veinte radios que el escritor y periodista Antonio Pérez de Olaguer les trajo desde Barcelona, en el primer viaje organizado con familiares y amigos. El ejemplo cundió y la autorización del uso de radios particulares pronto se extendió a los más de trescientos habitantes que en esos momentos poblaban el sanatorio de Fontilles. A través de sus relatos, hemos sabido que aquellas radios a pilas sirvieron para escuchar música, corridas de toros y partidos de fútbol, pero, también, para asomarse a lo que ocurría del otro lado de la muralla, en un país en el que muchos buscaban, como ellas y ellos, las ondas libres.

Radio Fontilles