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A los albores del siglo XX, las poblaciones que se sucedían a lo largo de la Vall de Laguar, en la Marina Alta alicantina, vieron aparecer, no sin recelos, los primeros edificios de una nueva localidad que acabó tomando su nombre del valle en el que se ubicó. Escondida entre las montañas y muy pronto rodeada de una alta y gruesa muralla, esta nueva población situada en el valle de Fontilles creció hasta convertirse en una pequeña ciudad. Fue poblada con personas que venían de lugares que nunca habían pensado abandonar y a los que pocos pudieron regresar. Durante más de un siglo, más de dos mil personas vivieron en Fontilles. Allí trabajaron y se divirtieron, cuidaron y fueron cuidadas, se apoyaron en el sufrimiento y compartieron sus esperanzas. Como en tantos otros pueblos, sí, pero unidas en este caso por un secreto común que las hizo diferentes de todas las demás.
En un cortijo. Imágenes y voces del viaje y la llegada al Sanatorio de Fontilles.