Puedes interactuar con los objetos y las imágenes que encontrarás aquí, y obtener más información sobre ellos.
El teatro y la iglesia fueron, durante décadas, los dos únicos lugares del sanatorio de Fontilles donde hombres, mujeres, sanos y enfermos compartieron un mismo espacio. Para permitir estos encuentros y evitar los contactos, se trazaron caminos paralelos, se abrieron puertas de acceso separadas y se habilitaron espacios diferenciados. Los relatos nos hablan del incesante cruce de miradas y del intenso tránsito aéreo de notas enviadas de un lado a otro de la sala entre quienes veían en esos lugares una oportunidad única para hacer saber a quien se sentaba al otro lado cuáles eran sus sentimientos y cuáles sus pretensiones. Nos hablan también de las múltiples formas de censura empleadas para evitar que la vestimenta de los actores invitados o las escenas de las películas proyectadas en la sala de cine alteraran el ánimo de los espectadores y atentaran contra la moralidad. «La máquina la llevaba el párroco y, con un cartón, si había una que iba a hacer así… ¡pum!, cartón. Él lo veía, pero fuera ya no. Ponía el cartón delante de la cámara, donde está la luz que sale, y ¡pam!, un cartón y ya no se ve», explicaba gráficamente Abilio al recordar aquellos años.
En julio de 1952, la revista Fontilles anunciaba a sus lectores la llegada de la máquina cinematográfica sonora OSSA, la misma que, se afirmaba, tenía el «87 por ciento de las salas cinematográficas de España». Se esperaba que ayudara a «luchar contra la monotonía de unas vidas que transcurren jornada a jornada dentro de este recinto amurallado» y poder proyectar «buen cine, se entiende, aquel que divierte, enseña y moraliza al mismo tiempo». El proyector OSSA y un banco del teatro de Fontilles han servido para recrear una sala de cine y proyectar Fontilles a súper-8, una película montada con secuencias tomadas de las decenas de grabaciones realizadas, cámara en mano, por los habitantes y visitantes de Fontilles durante los años 60 y 70 y entregadas al Archivo Fílmico del Institut Valencià de Cultura para su digitalización, conservación y consulta.
Fontilles a súper-8.
«Había mucho más compañerismo y lo pasábamos muy bien, porque formábamos unas juergas… ¡Qué juergas formábamos! El cura no se enteraba; lo hacíamos nosotras solas» —cuenta Emilia al recordar lo que ella encontró en Fontilles cuando llegó en 1977, con apenas 22 años de edad. También Abilio, que llegó unos años antes, siendo aún un niño, recordaba que «había distracción y canciones, reíamos, había fiestas», aunque lamentaba el hecho de que «ellas estaban allí y nosotros aquí». Estos momentos de distracción, de alegría, de cortejo y de compañerismo son una constante en el relato de quienes estuvieron en Fontilles o en el sanatorio de Trillo, el otro gran sanatorio, abierto en 1943. Compartir los paquetes de comida que las familias les hacían llegar, escuchar y acompañar a quienes cantaban las corrandes y cantes flamencos aprendidos en sus pueblos del sur, proteger a quien acababa de llegar, bailar o reunirse para conversar son algunas de esas formas de ocio que hacían que los hombres y mujeres de Fontilles se sintieran iguales y que tanto contribuyeron a tejer los vínculos de amistad y solidaridad —de «unión», nos dicen— que les ayudaron a soportar el aislamiento y el desarraigo, y que mantuvieron de por vida.
De estas formas de ocio libre y clandestino solo ha quedado el testimonio de quienes prestaron el relato de sus vidas. De lo que sí ha quedado un abundante rastro es de esas otras formas de ocio organizado y vigilado que marcaban el calendario festivo del sanatorio y que dieron lugar a miles de fotografías y horas de películas y grabaciones sonoras. Las paellas en el campo, el desfile de moros y cristianos de Alcoy, las fiestas patronales del sanatorio, las celebraciones religiosas, la visita de las peñas de amigos de Fontilles o la llegada de invitados ilustres marcaron el calendario con hitos que fragmentaban el monótono transcurrir de los días. Las fotografías y películas conservadas nos muestran el entusiasmo de las corridas de toros y el bullicio de las tómbolas, las gymkanas, las carreras de sacos y la infinidad de juegos infantiles en los que participaron los hombres y mujeres del sanatorio, bajo la atenta mirada de quienes se ocupaban de su atención y custodia.
¿Mi María canta? Imágenes y voces de los encuentros alrededor del baile y el cante.